Pasiones, calvarios y pascuas

El etnógrafo es un mirón, un voyeur que ha de superar la tentación de intervenir en lo que observa. Ha de contemplar para analizar, si viene al caso, y si no para simplemente (que no es poco) levantar acta notarial de todo aquello de lo que es testigo. En demasiadas ocasiones el etnógrafo, contaminado de un romanticismo mal entendido, se ha dejado arrebatar por un afán iluminado de reorganizar, de restaurar el rito que observa, sin tener en cuenta que la tradición campa por sus respetos, que se ajusta con perspicacia a cada tiempo y sabe ser flexible, como si su composición incorporara un por- centaje de elastano cultural. En este sentido, la visión de los fotógrafos participantes en el proyecto cumple con escrúpulo este papel notarial. En el proyecto Calvarios, pasiones y pascuas en la provincia de Salamanca empleamos documen- tos visuales para dar fe del rito, levantando acta de que en el final de la primera década del siglo XXI ciertas morfologías festivas se mantienen en pie, aunque no exentas de adherencias contemporáneas. El domingo de la tortilla (domingo anterior al de Ramos) cuenta aún con devotos por Alba de Tormes y Béjar. Es un anticipo a cuenta de las ce- lebraciones que tanto abundan en la Pascua de Resurrección: días merenderos que pregonan la urgen- cia de salir del enclaustramiento invernal para reconquistar el medio natural. Pero es sólo un espejismo. La muerte del invierno es, a la par, el triunfo de la muerte. Los rituales de la pasión y muerte de Cristo dan cuenta de una religiosidad popular fuertemente aferrada a los re- ferentes materiales más cercanos, entre ellos una imaginería de ejecución tosca en ocasiones pero de enorme eficacia para activar sensaciones y sentimientos en el devocionario popular. La práctica extinción del teatro popular medieval que se representaba primero dentro de las iglesias y luego –cuando comenzó a pervertirse– en los atrios, hasta ser expulsado definitivamente, encontró consolación en la imaginería que, con evidentes ínfulas dramáticas en el caso de las figuras populares de la pasión, consiguió dar servicio didáctico a una jerarquía eclesiástica necesitada de una alternativa eficaz para los fines didáctico/propagandísticos que el teatro religioso popular había venido logrando. A alcanzar ese fin contribuyó la creación de cofradías y hermandades para las cuales, además de los objetivos penitenciales, caritativos, asistenciales, etc., la observancia de roles, perfectamente delimi- tados en los estatutos, era un paso firme para una nueva teatralidad, integrada litúrgicamente. Hoy, los desfiles procesionales aglutinan en las ciudades y poblaciones mayores a actores y es- pectadores que, como se dice ahora en términos escénicos, interactúan en un espectáculo común, mientras que en las pequeñas localidades logran mantener aún la naturaleza participativa al cien por cien. De condición más íntima y sin aditamentos imagineros, los vía crucis se suceden en la provincia los viernes previos a la semana de pasión. Aún perviven algunos que siguen un itinerario hecho de pie- dra de granito para culminar en Gólgotas arropados de líquenes, calvarios que determinan el perfil más emotivo del pueblo, como ocurre en Casas del Conde. La procesión de los ramos introduce la mayor parte de estos desfiles semanasanteros. No está exenta –auque muy menguada en el número de sus practicantes– de la costumbre de colocar una parte del ramo en el exterior de las viviendas, en ventanas y balcones, o una cruz elaborada con dos hojas de laurel o con trozos de tallos de los ramos en el interior e incluso clavada en la puerta, desde la nostalgia de una tradición, en la que subyacen temores inmateriales. …8… Primer tiempo

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